Cementerios privados: Los únicos “Vivos” son sus dueños (1era parte)

Abusándose del dolor de los familiares, de la necesidad de tener un lugar para dar digna sepultura a la persona querida y de la falta de dinero para pagar en efectivo, los cementerios privados les hacen firmar contratos perjudiciales.

Desde siempre la muerte ha sido un excelente y rentable negocio. Quien no comprobó las condiciones de vida y los lujos que se daba el dueño de la casa de velatorios del barrio. La muerte del familiar querido provoca inexorablemente la baja de defensas de los que quedan. La fuerte tristeza y congoja conllevan a un estado casi de inconsciencia que no le permite al familiar o amigo del fallecido «pensar» correctamente. Esta situación es claramente aprovechada por varios «actores sociales» que viven de la muerte: las florerías que venden sus bouquets y sus ornamentadas coronas llenas de flores que parecería que guardan una directa relación de «tamaño» con «afecto» o «culpa» tenida con el fallecido; las casas velatorias con sus cientos de

servicios y precios (tarifas) para cada bolsillo y/o necesidad, que van desde azafatas con uniformes de colegialas estadounidenses hasta música en vivo interpretada por una orquesta, pasando por servicios de cattering más propio de un casamiento que de un lugar tétrico con un cadáver maquillado de blanco a la vista de toda la gente; los servicios de transporte, tanto del fallecido como de los familiares, amigos, enemigos ocultos y algún que otro visitante por compromiso, que también ofrecen a la familia deuda, los mejores y más variados servicios a la hora de dirigirse al cementerio: funebreras nacionales o importadas, con interiores acolchados en cuero, gabardina o simplemente telas plásticas, con amplias ventanas laterales para una mejor vista, con «porta nombre» del fallecido en letras doradas o plateadas, y todo lo que la imaginación pueda construir para los autos que lleven a los visitantes del velorio; y por último tenemos a los cementerios privados, todo un tema a tratar.

Los cementerios privados son negocios relativamente nuevos, no hace más de veinte años que los tenemos entre nosotros. Invadieron gran cantidad de terrenos amplios a las afueras de las ciudades, crecieron todos casi al mismo tiempo y emplearon las mismas técnicas y maniobras para conseguir a sus clientes, ya que de principio nadie quisiera ir, o llevar a su familiar, a un lugar que debe pagar altos precios de mantenimiento de «por vida». A su vez no tuvieron hasta la actualidad leyes que reglamenten su funcionamiento, dejando en manos de sus propios dueños establecer cómo funcionarían y qué condiciones fijarían en sus contratos.

El negocio de los cementerios privados es un sistema «redondo» y muy rentable (para sus dueños por supuesto), que funciona de dos maneras diferentes: la primera con las personas vivas que deciden, en vida, comprarse una parcelita o porción de terreno o un nicho bajo tierra para cuando dejen este mundo, se contactan con una promotora que los visita con amplios folletos impresos a todo color con las fotos del cementerio y sus bondades: tumbas muy soleadas, temperatura ambiente controlada, vista al campo de golf o a la ruta nacional que pasa por su puerta, jardineros musculosos que cuidan las plantitas, y mucho, pero mucho «glamour» en todos los detalles del parque. La segunda manera de captar clientes (fallecidos) es más objetable que la primera, ya que se abusa y ventajea a los familiares de la persona muerta, engañándolos a la hora de firmar y contratar los servicios del «mete muertos bajo tierra». Este último sistema de engaño a los familiares se desarrolla en total complicidad con las cocherías, con los sanatorios, clínicas, hospitales y sus directores y con cuanto otro delincuente que esté sin trabajo y quiera invertir un poco de tiempo para lograr captar a las víctimas vivas del reciente fallecido.

Los cementerios privados «transan» con los hospitales y sanatorios para que le permitan ingresar a empleados suyos encubiertos como «asesores de sepelios de PAMI» (cargo que no existe), a fin de entrevistar dentro del nosocomio a los familiares de la persona próxima a morir para venderles el nefasto servicio, mediante el futuro pago de un «diego» al director del establecimiento.

Con las chocherías el «curro» es mayor. Cuando llega la familia del fallecido que no tiene cobertura social de salud que cubra el sepelio y entierro, el empleado le informa que para el servicio más económico con entierro en el cementerio municipal, deberá pagar si o si en efectivo, la suma de $ 700 sin posibilidad de financiación alguna. Los familiares están sin plata y con el cadáver en la puerta de la cochería. ¿Qué hacen entonces? Le ruegan al vendedor una solución, que viene inmediatamente de la mano del «salvador cementerio privado» que promete «gloria» a la eternidad o escuchar un «campanario» para siempre, entre otras promesas burdas. El cementerio privado le ofrece un amplio plan de pagos, teniendo que abonar únicamente en ese momento $120 y luego 10 cuotas de $ 110 para cubrir el servicio de velorio en la cochería y el entierro en su parque privado. Sin informarle a la familia (a propósito) que tendrán que pagar además mayores gastos: $ 600 de la lápida, $400 por año de expensas y mantenimiento, que no podrán sacar al cadáver sino después de 5 años teniendo todos los pagos al día y abonar el derecho de exhumación correspondiente. Por supuesto que tampoco dicen que le pagan a la cochería y a su empleado $ 550 por cada víctima que manden. Antes de firmar el papelito que le dan, pida y exija el Reglamento del Cementerio, ahí está la verdad de lo que está firmando. Ojo!!!

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